El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Nadie fue capaz de percibir diferencia alguna de actitud en el cowboy; excepto su cojera, estaba calmoso, tranquilo, indiferente como siempre y, sin embargo, vital e impulsivo.
—Bueno… ya están las coordenadas… a seis kilómetros garganta arriba es fácil cruzarla y… con unos quince metros de rasante por kilómetro.
Los ingenieros le miraron como si hubiese perdido el juicio.
—Pero… ¿Y Neale…? Cayó… ¡ha muerto! —exclamo Henney.
—¿Muerto…? Psh… no… que yo sepa; Neale no ha muerto —rezongó Larry.
—Entonces, ¿dónde está?
—Opino que viene camino del campamento.
—¿Herido?
—¡Vaya!, y hambriento… igual que yo —replicó Larry dando media vuelta y alejándose cojeando.
Algunos de los reunidos se precipitaron al encuentro de Neale mientras otros iban a dar la pasmosa nueva al general Lodge.
El jefe recibió la noticia con profundo interés.
—En cuanto hayan satisfecho sus necesidades… enviadme a Neale y a King —dijo, y añadió a Baxter—: ¿Quince metros de rasante han calculado?
—Eso nos dijo King.