El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—¡Qué prodigio! —exclamo el jefe como si la noticia le hubiera descargado de un enorme peso—. Que vengan cuanto antes los muchachos.

Un grupo de soldados encontró a Neale por el camino, ayudándole a llegar al campamento. Estaba derrengado y casi exhausto. Y aunque pretendió quitarle importancia a su condición, no pudo reprimir un gruñido de dolor al dejarse caer sobre un asiento junto al fuego.

Alguien le dijo a Larry que el general quería verle.

—Tengo hambre… y no es mi jefe —replico el cowboy sin interrumpir su refacción. Era ya sabida la dificultad de desliar la lengua al sudeño.

Pero, en cambio, Neale hablo por los dos, deshaciéndose en calurosos elogios de su portamira. Al poco tiempo todo el campamento sabía que el joven topógrafo le debía la vida a su ayudante. El locuaz Casey, pretendiendo quebrantar la reserva del taciturno Larry, se vio rotundamente denostado.

—¡Vaya…! Si no quieres que se te pregunte nada, vete con los sioux y que te hagan héroe fiambre —replicó Casey, muy amoscado. Y al ver que su réplica no le atraía nuevos denuestos, se volvió hacia su camarada, el hachero McDermott—. Escucha, Mac, ¿qué opinas tú de los cowboys?


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