El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Opino, Pat, considerando a este cowboy y su armamento, que si sigues par ese camino acabarás con más agujeros que un colador antes de que pite el primer tren por aquÃ.
—Entonces, ¡por San Patricio!, que aún me queda un rato largo para echarme whisky en el pellejo sin que se salga —replico Casey.
Apresuradamente el general Lodge visito a Neale, quien le entrego cálculos y perfiles que representaban la solución del, al parecer, formidable problema.
—Una vez rebasado el estribo fue tarea fácil —dijo—. Hay un declive de unos cuarenta y cinco grados que no es todo roca. Y a seis kilómetros termina la garganta. Podemos cruzar. Llegue hasta donde pude percibir la divisoria y… y allà es donde pasaremos las mayores fatigas. Aún nos falta lo peor.
—Usted lo ha dicho —asintió el jefe—. No podremos seguir el camino manteniendo esta rasante. Tendremos que buscar un paso.
—Lo hallaremos —aseguro Neale.
—Neale, es usted ambicioso y tiene la clase de temple que impulsa a no darse nunca por vencido. Desde los comienzos vengo observando su valÃa. Logrará usted alcanzar preeminente puesto en este ferrocarril… si sale de su construcción con vida.