El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Oh! ¡Saldré, general, no lo dude! —replico riendo Neale—. Soy como los gatos; caigo siempre de pie y tengo siete vidas.
—Asà debe de ser a juzgar por lo de hoy. ¿Adónde fue usted a parar esta vez?
—No caà muy lejos. Me detuvo un árbol en el que se engancho mi aparato. Mi peso desgajo la rama y me di un porrazo en la cabeza. Cuando me encontró Larry, estaba sin conocimiento y, según dice, a punto de resbalar a otro precipicio.
—Ese tejano parece estar muy unido a usted.
—Si no lo estaba, lo estará de hoy en adelante —dijo Neale—. Larry es un pelirrojo sudeño, pintoresco y cachazudo, que los hombres creen poder tomar a broma. Pero… no le entienden. Y no pueden ver lo peligroso que es… No quiero decir eso…, quiero decir que es firme y templado como el acero.
—En efecto; lo ha demostrado. Cuando se partió la cuerda creà por un momento que nos iba a fusilar a todos… Ojalá hubiese tenido hombres como Larry y como usted durante la guerra, Neale.
—Gracias, general…, pero me gusta más lo de ahora.
—¿Siente usted inclinación por la vida selvática?
—Sà —contestó sencillamente Neale.