El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —El sordomudo que te servÃa se ha marchado —dijo Durade—. Ayer fue dÃa de paga en Benton y son muchos los que… se han ido. He ganado cincuenta mil dólares en oro, Allie.
—¿No tienes bastante? —preguntó ella.
Ni la oyó siquiera, hablando de sus ganancias, del oro, de los juegos… y de sus próximas partidas. Le temblaban los labios, le chispeaban los ojos, sus manos se crispaban en el aire.
Cuando la dejo, Allie sintióse más aliviada. Durade habÃa llegado al cenit de sus fortunas y a su inevitable fin. La muchacha comprendió que si habÃa de hacer algo para salvarse, era llegado el momento.
Cuando Durade la llamó para su diaria ocupación, es taba firmemente resuelta.
Por costumbre, entraba siempre en el gabinete particular del tahúr con los ojos bajos. Las miradas de los concurrentes la turbaban. En aquella ocasión adivinó al entrar la presencia de profesionales de una categorÃa que no estaba acostumbrada a ver. Durade le ordenó que sirviese bebidas, continuando su interrumpida conversación, excitado, nervioso, casi alegre.
Allie no alzó los ojos. Al llevar la bandeja a la mesa oyó a uno de los presentes murmurar:
—¡Por Júpiter…! Hough…, ¡ésta es la muchacha!