El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Y una sibilante toma de aliento seguida de la exclamación:
—¡Santo Dios!
Ambas voces estremecieron a Allie. La primera parecía la refinada, culta dicción de un inglés; la segunda, más viva, pero suave, llena de sincera emoción.
Antes de aventurarse a mirarlos volvió a su sitio. Durade jugaba con cuatro contrincantes, de los cuales tres iban de negro con el atavío usual entre profesionales, y el otro, de gris, tocábase con un sombrero de forma insólita y ancha y floja cinta de tela. Al cruzarse sus miradas con las de Allie, se descubrió, y ella asocio el ademán con su presencia. Pensó que debía ser el que había supuesto, por la voz, inglés. Tenía un semblante agradable, con hondos surcos fruto de la disipación, cansadas pupilas azules y un breve bigote que no llegaba a ocultar la bien trazada boca. Era el rostro más afable y más triste que Allie había visto. En él leyó su historia. Había adquirido, a través de su triste experiencia en el garito de Durade, el sutil arte de juzgar, por sus rostros, el carácter de sus concurrentes. Y lo que su voz le había dicho le confirmó el rostro del inglés. Él no volvió a mirarla. Jugaba indiferente, descuidado y con la mente a todas luces muy lejos de allí.
—¿Cuántas cartas, Ancliffe? —preguntó uno. El inglés tiro las que tenía en la mano.