El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Ninguna —contestó.
Interrumpió el juego una conmoción en los salones contiguos, que eran los públicos de juego de Durade.
—¡Otra reyerta! —exclamó éste con impaciencia—. ¡Hoy no han comparecido más que Mull y Fresno!
Una detonación sucedió a las voces y a los golpes. Durade se levantó.
—Un momento, señores —dijo, saliendo. Uno de los jugadores le siguió y otro fue a asomarse a la puerta.
El inglés quedo sentado ante la mesa con el profesional restante de espaldas a Allie. La joven vio al primero murmurar algo al oÃdo del otro, que se levanto en seguida, yendo directamente hacia ella.
—Me llamo Place Hough —dijo muy de prisa en voz baja—. Soy jugador de oficio, pero un caballero. He oÃdo extraños rumores y ahora los veo confirmados. ¿Es usted Allie Lee?
La muchacha sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Se echó a temblar, mirando con penetrante intensidad a su interlocutor. Al levantarse de la mesa habÃale parecido un profesional como los otros, mas mirándole detenidamente, era distinto. Bajo el frÃo, inexpresivo semblante, habÃa algo blando y sensible. En sus pupilas, claras como cristal, veÃase sorpresa, curiosidad y simpatÃa.