El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie entro en su aposento, dejando entreabierta la puerta para poder atisbar; empezó a pasear por la estancia esperando, escuchando, lo que no se atrevÃa a mirar. El jugador Hough ganarÃa cuanto Durade poseyera y luego se lo ofrecerÃa a cambio de ella. Eso era todo lo que Allie suponÃa. Estaba segura de la habilidad de Hough para conseguir su intento, pero dudaba de que pudiese llegar a sacarla de allÃ. HabrÃa contienda. Y si la habÃa… el fin de Durade era inevitable porque aquel Hough, hombre de nervios de acero y maravillosas manos, rápidas como la luz, le matarÃa a la menor provocación.
Súbitamente retuvo a Allie una prolongada inspiración de aliento… una serie de hondos suspiros en la estancia de los jugadores. Una silla rechinó contra el suelo.
—¡Durade, está usted agotado! —Era la frÃa, vibrante voz de Hough.
La joven corrió a la puerta mirando por la rendija. Durade parecÃa una fiera encadenada. Junto a la mesa, Hough erguÃase ante un enorme montón de oro. Los otros pare cÃan de piedra.
—Aquà hay una fortuna —prosiguió señalando el oro—. Cuanto yo tenÃa… cuanto tenÃan estos señores… cuanto tenÃa usted… lo he ganado todo.
Los ojos de Durade estaban fijos en el refulgente montón. No podÃa ni levantarlos para mirar a Hough.
—¡Todo! ¡Todo! —repitió como un eco.