El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Igual que un halcón al caer sobre su presa, Hough se inclinó sobre el tahúr.
—Durade, ¿tiene usted algo más que jugarse?
El español fue el único que se movió. Lentamente, temblando de pies a cabeza, se incorporo, no apartando las fascinadas pupilas del oro hasta estar en pie.
—¿Se burla usted de mÃ, señor?
—Le ofrezco todas mis ganancias… todas…, por la joven que tiene usted aquÃ…
—¡Está usted loco! —exclamó el español, inmediata mente.
—Es posible, pero decida pronto… ¿Acepta?
—No venderÃa a esa muchacha, señor, por todo el oro de las Indias —replicó sin vacilar Durade. La oferta de Hough no encerraba atractivo para aquel hombre que tan tos crÃmenes habÃa cometido por el oro.
—Pero… se la jugará usted —aseveró Hough. Con un espléndido gesto empujó todas sus ganancias al centro de la mesa. Como buen jugador leÃa en el alma de su adversario.
El semblante de Durade se agitaba convulsivamente. Lo que no venderÃa a ningún precio, lo arriesgarÃa a una carta, con la extraña fe del jugador en su suerte.