El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Mis ganancias contra la muchacha —prosiguió Hough implacablemente. El desprecio y la provocación se mezclaban en su acento a la persuasiva pasión de su oferta. SabÃa cómo inflamar. Durade era un pigmeo en las garras de un gigante—. ¡Ea…! ¿Acepta…?
El tahúr dio un respingo como si por su cuerpo hubiese pasado una corriente eléctrica.
—SÃ, señor —gritó. En aquel momento, el más grande sin duda de su vida de jugador, revertÃa al idioma de su patria.
Como movidos por un mismo impulso, Hough y Durade se sentaron. Los demás formaron grupo a su alrededor. Fresno se acercó, malignamente, chispeantes los procaces ojos.
—A ese Hough me lo sé yo de memoria —dijo a su vecino—. Lo que quiere es la chica.