El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Los dos jugadores cortaron para determinar a quién correspondía dar. Ganó Hough. La victoria estaba para él en la incertidumbre del silencio mismo, en la sobrecargada atmósfera del aposento. Comenzó a barajar. Sus manos eran blancas, bien formadas, perfectas como las de una mujer y, sin embargo, no eran bellas. Su espíritu, su poder, su implacable destreza no podían tener relación con nada bello. ¡Qué maravillosamente rápidas! ¡Demasiado, para seguirlas con la vista! Durade había hallado su rival. Un rival que jugaba con él. Si en aquella partida había algún elemento de azar, era el de la incertidumbre de la vida; no el de las probabilidades de Durade de salir ganancioso. No tenía ninguna. Habría sido imposible para espectador alguno, por avispado que fuese, proclamar con justicia que Hough se permitía la más leve desviación de la rectitud. Sin embargo, todo en el hombre demostraba en aquel momento el jugador que en realidad era.

Durade pidió con voz que casi era un murmullo, dos cartas recibiéndolas con trémulos dedos. Una terrible esperanza y exultación transfiguraban su rostro.

—Yo tomaré tres —dijo calmosamente Hough. Con de liberado gesto y lentitud que contrastaba con sus previos movimientos, cogió las cartas una a una del resto del paquete. Las miró y con la misma imperturbable calma puso las cinco sobre la mesa, de cara, descubriendo una combinación invencible.


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