El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Durade se sobresaltó, un grito gutural salió de sus labios. Hough se levantó rápidamente.

—He ganado, Durade —y volviéndose a sus amigos—: Hacedme el favor de guardar ese oro.

Yendo a la puerta de Allie, la vio asomando.

—¡Venga usted, miss Lee! —dijo. Allie salió con inseguro paso.

El español pareció obligado a apartar los ojos del oro que los compañeros de Hough se repartían. Cuando vio a Allie, sufrió otra potente y notable transformación. La pasión por el oro que había puesto en sus facciones una fugaz irradiación le abandonó, trocándose en una sombría y creciente sorpresa. Sus pupilas traicionaron su insoportable sensación de pérdida y el espíritu que la repudiaba. Por un instante fue magnífico y quizá, en aquel instante, salieron a la superficie la raza y la sangre. Luego, con pasmosa rapidez, se convirtió en la presa desenfrenada, lívida, de un inextinguible odio.

Allie se sobrecogió al adivinar que Durade estaba viendo en ella a su madre. No habría memoria, ni amor, ni oro, ni apuesta que contuviese al español o se atravesasen en su camino.

—¡Señor…! Me engañó usted —murmuró.

—Le derroté con su propio juego —dijo Hough—. Mis amigos y su gente son testigos de la apuesta… Vieron la partida.


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