El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Yo… no… arriesgaría a esa muchacha… por apuesta alguna, señor.

—La ha perdido usted… Y… sírvale de aviso, Durade. Tenga cautela por una vez en su vida… Suyo es el oro que queda.

Durade dio tan violento empellón a la mesa que la derribó, desparramándose por el suelo cuanto había sobre ella. El estrépito de la caída sacó del estupor a sus satélites, que empezaron a recoger las monedas.

El acerado fulgor del derringer en manos de Hough detuvo al español, silbando como una serpiente. Retrocedió presa de un temor que pronto se convirtió en desatinada locura.

—¡Mátale! —dijo Ancliffe con una sangre fría que demostraba su previsión.

Uno de los amigos de Hough enarboló un bastón haciendo añicos una lámpara y con rapidísimo ademán repitió el golpe en la otra, sumiendo en tinieblas el aposento. Pareció ser la señal para que los secuaces de Durade perdieran toda su cautela en una frenética búsqueda del diseminado oro. El tahúr, dando gritos, se abalanzó.

Allie sintióse impelida hacia la pared de su cuarto. Allí la oscuridad era menos densa. Distinguió a Hough y a Ancliffe. Éste cerró la puerta; Hough bisbiseó a oídos de la joven, si bien el escándalo del otro aposento hacía innecesaria la precaución.


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