El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¿Podemos salir por aqu� —preguntó.
—Hay una ventana.
—Ancliffe, ábrela y sácala por ella. Yo detendré a Durade si entra. Aprisa.
Mientras el inglés abrÃa la ventana, Hough se situó frente a la puerta con los brazos en cruz. Allie podÃa discernir su silueta en la penumbra. En la otra habitación reinaba verdadero pandemónium con Durade, pidiendo luces a gritos, sus hombres peleándose por el oro y los amigos de Hough buscando la salida. No le siguieron al aposento contiguo, sin duda, creyendo que habÃa escapado el primero.
—Venga —dijo Ancliffe tomando a Allie de la mano.
La ayudó a salir, siguiéndola trabajosamente. Luego, llamó a Hough. El jugador se unió a ellos rápido y silencioso.
—¿Y ahora qué? —dijo.
ParecÃan encontrarse en una especie de callejón entre una casa de madera y una de lona. En el interior de esta última oÃanse voces excitadas que debieron alarmar a Hough, porque conminando ¡silencio!, con un ademán llevó a Allie por el lóbrego pasadizo hasta un no menos lóbrego recinto de estructuras achatadas. Ancliffe le seguÃa de cerca.