El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La noche, encapotada, les favorecía. Un viento fresco azotó el semblante de Allie, refrescándola tras su prolongada reclusión. Hough empezó a tantear. El recinto tenía un piso de madera y una armazón en esqueleto. Había sido una casa de lona. Algunas de las medianerías estaban aún en pie.
—Busca una puerta…, cualquier sitio por donde salir —murmuró Hough al llegar al lado opuesto. Él y Allie fueron hacia la derecha mientras el inglés buscaba por la izquierda. Al poco trecho volvieron sobre sus pasos ambos.
—No hay salida…, todo está empalizado.
—Por aquí igual, tendremos que…
—Escucha… —exclamó Ancliffe levantando una mano.
El ruido parecía rodearles, por ser más persistente por el lado de la casa de lona tras la que estaba el callejón que daba a la de Durade. Rasgaron la oscuridad ráfagas de luz. La voz del tahúr, aguda y penetrante, destacaba entre las otras. En la casa de lona alguien hablaba con él. Por sus palabras, había estado en el cuarto de Allie.
—Escucha, indio, aquí no se esconde nadie y además al primero que entre lo dejamos tieso —decía una hosca voz.
Le sucedieron los entrecortados acentos de Durade.
—¿Los han visto al menos?