El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La reacción la dejo exhausta y como aturdida. Oía, empero, las voces de los jugadores, el ludir de las cartas, el tintineo del oro. Cuando de nuevo levanto la cabeza, la escena había cambiado. Sólo jugaban tres hombres: Hough, Durade y otro. Y al poner Allie la vista en ellos, el tercero tiro sus cartas, levantándose en silencio para juntarse con los otros que estaban detrás de Hough. La negrura de su barba contrastaba con la blancura de su rostro. Habían perdido oro, que para ellos poco significaba, pero su presencia, a espaldas de Hough, era algo muy grande y significativo. ¡Varios profesionales del juego confabula dos contra un garito! Durade había perdido ya una fortuna, pero no toda su fortuna; parecía una trágica parodia del antiguo Durade. Tenía el cabello revuelto y húmedo de sudor, el cuello desabrochado, las manos trémulas. De su labio inferior brotaba sangre. No veía sino el oro, las cartas y el imperturbable e implacable Hough. A su espalda alineábase su cuadrilla, nerviosa, tensa, frenética, con los ojos fijos en el oro, rebosando odio y concupiscencia.