El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —No beba usted, Neale —dijo seriamente el jefe—. Claro que ahora, mientras seamos cuatro gatos en este desierto, carece de importancia. Mas cuando hayamos concluido nuestra labor allende la divisoria, tendremos que retroceder siguiendo el trazado. Como usted sabe, al oeste de Omaha ya ha comenzado a tenderse la lÃnea. Se trabaja de firme. Según he oÃdo, Omaha es una colmena. Millares de hombres ociosos se congregan en el Oeste. Se militarizará el trabajo. El ejército tendrá que protegernos y aceptaremos a cuantos quieran alistarse. Pero habrá hordas de otra clase… Las heces de la sociedad y de la pasada guerra civil y todos los indeseables de la frontera acudirán a los campamentos de construcción. Esto supone un gasto de millones de dólares. ¡Oro…! ¡No tengo ni idea de dónde ha de salir…! El Gobierno nos apoya con su ejército… y nada más. Pero… se hallará el oro… Estoy seguro y… piense usted, Neale, lo que será dentro de un par de años. Diez mil soldados en un solo campamento, aquÃ, en esta selvatiquez. Y millares más… mercaderes honrados y venales; traficantes de whisky, tahúres, forajidos, bandidos y malas mujeres, negros, mestizos, indios… todo revuelto y huyendo de un campamento a otro, sin ley posible que aplicarles.
—¡Será grandioso! —exclamó Neale.