El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Vio como desaparecÃa hasta el último vestigio de color de su rostro. Una violenta conmoción sacudió su cuerpo. Su mirada tenÃa la expresión del que no cree lo que está viendo. La mano que tendió temblaba.
—¡No soy un espectro, Larry!… No. ¿No me conoces? —balbuceó.
En efecto, debió de creerla una aparición. Perlaban en su frente gruesas gotas de sudor.
—¡Querido pelirrojo! —murmuró ella sonriendo en medio de su agonÃa.
De fijo con aquellas palabras…, el nombre con el que tantas veces le habÃa atormentado, el nombre que nadie sino ella se habrÃa atrevido a usar…
Entonces vio que daba crédito a la realidad. Le echo los brazos al cuello… en un frenesà de alborozo. Donde Larry estaba no podÃa andar lejos Neale.
—¡Allie!… ¿Es usted? —preguntó roncamente, estrechándola contra su pecho.
—¡Oh Larry!… ¡SÃ…, sÃ, y… me ahoga la alegrÃa! —murmuró.
—Entonces… ¿no… ha muerto? —preguntó, incrédulo aún.
¡Qué dulce era para Allie Lee volver a oÃr el familiar dejo sudeño!
—¿Muerta?… ¡No!… ¿No ha visto que acabo de besarle?… Y… aún no me ha devuelto el saludo.