El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Larry…, ¿está usted… bebido?
—Lo estaba…, ya no lo estoy…, muchacha… Otro beso.
Sorprendida, Allie obedeció, sonrojándose vivamente.
—¡Qué… feliz… soy! —murmuró—. Pero, Larry, me dio usted… un susto…, yo…
—¡Feliz! —exclamó él—. Alguien ha hecho algo muy gordo…, pero no es usted…
—Larry…, ¿qué dice? Estoy exhausta de tanto esperar. ¡Oh! ¡Hábleme de Neale!…
¡Qué extraña, curiosa e incomprensible fue su mirada!
—Allie…, Neale está aquà en Benton. Puedo llevarla a él en diez minutos. ¿Quiere que lo haga?
—¡Que si quiero!… ¡Reddy! ¡Si no me lleva enseguida, me moriré de angustia!
Nuevamente se le acerco, cogiéndole las manos.
—¿Cuánto tiempo… llevaba… aquÃ… cuando yo entré?
—Media hora…, quizá menos, aunque… se me hizo muy largó.
—¿Sabe usted que clase de casa… es ésta…, lo que significa este aposento? —prosiguió en voz muy baja.