El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Allie… esa mujer…, la Stanton…, ¿fue quién la encerró a usted aqu�
—SÃ, y luego…
Larry le impuso silenció con un vivo ademán. En el corredor se oÃan cautelosos pasos. El temor de Durade y sus secuaces volvió a invadir a Allie. Se le ocurrió de pronto que Larry debÃa ignorar la razón de su presencia allÃ.
El cowboy abrió la puerta asomándose afuera. Al volverse centelleaban sus aceradas pupilas.
—La sacaré de aquà —murmuró—. Venga.
Salieron. El pasillo estaba desierto. Allie se estrechó contra él. En la esquina de los dos corredores se detuvo a escuchar. Sólo se oÃa el confuso rumor de voces.
—Larry…, he de decirle… —bisbiseó Allie—. Durade y su cuadrilla me persiguen. Fresno, Mull…, Blake…, ¿los conoce?
—Opinó que si —replicó—. ¡Dios!… Pobre criatura…, entre esa gentuza… y la Stanton… Ahora comprendo…, me dijo: «Larry, tengo una amiguita…». ¡Beauty Stanton, mala idea te inspiró el infierno en aquel momento! ¡Maldita sea tu alma!
Temblando, Allie quiso hablar, pero el cowboy le impuso silenció innecesariamente, porque, de pronto, le pareció tan terrible, tan salvaje, tal letal que la dejó muda.