El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El sol se alzó sobre una macabra escena; una vasta planicie en la que estacas, postes, armazones y entarimados se mezclaban con todas las escorias y todos los desechos de una precipitada y despilfarradora población, en marcha hacia otro campamento.
La luz del día no hallo ser viviente alguno allí. El viento soplo por las calles donde habían imperado el terror y la lujuria con el oro, el trabajo y la sangre. Un tren paso aquel día, cuyo maquinista y fogonero contempla ron con sorprendida expresión lo que había sido de Benton.
La Naturaleza parecía más piadosa que la vida, porque empezaba al punto a ocultar lo que los hombres habían dejado; las cicatrices del lugar donde el infierno celebraba su carnaval.
Cayo el crepúsculo, llego la noche, como presurosa por disolver en sus primitivos elementos los endebles restos del gran campamento.