El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Hacia el crepúsculo, el tren obrero gano la cumbre de la larga rampa desértica desde la que la línea corría luego en amplio desarrollo hasta la base de los cerros. Habíase instalado en el lugar una estación provisional formada por varios vagones de mercancías, en los que se alojaban los telegrafistas y un pelotón de soldados. Al acercarse el tren obrero, Casey observo que en el andén alguien agitaba violentamente un banderín. En consecuencia dio aviso al maquinista.

—Es curioso —díjole a su amigo McDermott—. Esos telegrafistas saben que nos pararíamos en todo caso.

—Indios —aventuro McDermott.

De la misma opinión fueron varios de los obreros restantes; y cuando el tren se detuvo dejando la plataforma algunos metros allende la estación, el irlandés y sus compañeros saltaron a tierra presurosos.

Les esperaba un grupo de individuos. Collins, el telegrafista, era amigo de Casey. Estaba entre los soldados, pálido y demudado.

—¿Quién es el jefe del tren? —preguntó. El irlandés hizo un guiño, sonriendo.

—El maquinista es el jefe del tren y yo soy el jefe de la brigada.

Entre tanto se habían unido al grupo otros obreros y los aludidos por Casey.

—Tenéis que esperar aquí —dijo Collins.


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