El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Estaba satisfecho de sí mismo y, mucho más, de lo que pensaría McDermott. Aunque no era va ningún niño, volvió a experimentar la satisfacción y la ufanía de la adolescencia. ¡Así daba gusto ir vía abajo…! ¡Ah…! Ya se divisaba claramente el tren… En cierta ocasión, el general Lodge le había estrechado la mano.

Para que el U. P. llegase al Pacífico, era preciso que alguien hiciese cosas parecidas. Llegaría el día en que espléndidos trenes de viajeros correrían raudos por aquella misma vía por la que iba, traqueteándose, Casey, En la sencillez de su espíritu, el hecho revestía insólita importancia. Mirando al Oeste vio el tren cada vez más detallado… con el sol poniente al fondo. Asaltado por mil emociones distintas que sentía sin comprender, sólo pudo llegar a la conclusión de que aquélla era su hora. Años y años de penalidades y trabajos y luchas hallaban en un instante su recompensa. No era que él hubiese esperado o supuesto alguna, pero… mereciéndola, era justo que la recibiese. Sabía que, fuera cual fuese el incomprensible espíritu que le animaba, fuera cualquiera la desconocida relación entre el hombre y su deber, en el pasado peligro y en la maravillosa jornada había un don espléndido y divino.



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