El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Cuando aún mediaban algunas millas entre el tren, y él, decidió que era tiempo de prepararse. Levantando una de las traviesas que a prevención llevaba, la colocó al frente en forma tal que fuese fácil empujarla con el pie para que cayese ante las ruedas delanteras.
Se incorporó. Seguramente miró hacia atrás, aunque sin particular motivo… una acción instintiva. Con el pie en la traviesa, se recogió sobre sà mismo dispuesto a saltar inmediatamente después de empujarla.
Recordó a la sazón el cuaderno de Beauty Stanton que contenÃa la carta para su amigo Neale. No obstante la premura, deliberó sacando el librito del bolsillo.
—¡Por Dios! Con esos soldados del U. P… no puede uno decir nunca lo que pasará… ¡No serÃa la primera vez que han enterrado a un hombre sin registrar sus bolsillos! —Soliloquió poniéndose la pipa entre los dientes y crispando la diestra sobre el cuaderno.
Y empujando la traviesa, saltó.