El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La mera aparición de Warren Neale transformó la vida para Allie Lee. La vergüenza de verse obligada a alternar con hombres degradados, el dolor físico de los malos tratos de Durade, el continuo terror de que la siguiente hora, el siguiente día, fuesen los últimos de su existencia; el súbito y sorprendente coloquio con su padre, todo quedó relegado a segundo término ante la magnífica, la gran diosa presencia de Neale.
Le había reconocido cuando ya le abandonaban los sentidos y se enturbiaban sus ojos. Le había visto abalanzarse sobre Durade y no sentía ni temor por él ni compasión para el español.
Se dio cuenta de que la trasladaban de un lugar a otro, se percató de los ruidos, la luz y el polvo callejeros, se vio en un aposento extraño, asistida por una mujer de afable voz y eficientes manos que la cambió de ropas y le hizo tragar alguna pócima, pero todo ello como si estuviese sumida en un letargo que le permitiese ver lo que ocurría a su alrededor, sin más sensación fija, consciente, indudable que la de la presencia de Neale.
