El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Cuando la dejaron sola, se fue gradualmente disipando ese peculiar estado, no quedando sino una trepidante in certidumbre de amor. Su desesperanza habÃa concluido. El espÃritu que la sostuviera durante tantas y tan negras horas habÃa llenado su cometido. YacÃa en un diván de un reducido aposento, separado por una cortina de otro del que procedÃa rumor de voces aquietadas. Oyó pasos de hombre y se abrió la puerta.
—Le felicito, Lee. ¡De buena se ha librado! —exclamó una voz profunda con cierto dejo autoritario en su acento.
—En efecto, general Lodge, fui afortunado… —replicó otra voz más ronca.
Allie se incorporó. Su padre, Allison Lee, y el antiguo jefe de Neale, el general Lodge, estaban en el aposento contiguo.
—Neale casi acabó con Durade. Le hizo pedazos —exclamó con agitación el General—. Lo sé por uno de mis hombres. McDermott, un hachero de toda mi confianza… Neale salió herido…, pero, por lo visto, no se ha dado cuenta.
Allie se levantó, arrobada, estremecida.
—Neale casi acabó con él —replicó Allison Lee ronca mente.
Siguió luego el ruido de una silla al caer.