El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Asà es, Allison…, es cierto —continuó una voz desconocida—. La calle está atestada de gente comentándolo. Entraron varios hombres.
—¿Está aquà Neale? —preguntó vivamente Lodge.
—Quieren retenerle… en las oficinas. Todo el mundo desea felicitarle… Durade no gozaba de simpatÃas —replicó alguien.
—¿Está malherido?
—No lo sé; asà parece. Está ensangrentado…
—¿Le ha visto usted, coronel Dillon? —prosiguió la misma voz viva y anhelosa.
—SÃ; me pareció aturdido…, fuera de sÃ… Probablemente está herido de gravedad, aunque… se movÃa con paso firme… No hay quien le haga estar quieto —contestó el interpelado.
—¡Ah! ¡Aquà viene McDermott! —exclamó Lodge. Allie oyó el paso más cansino y pesado. Su conocimiento acogÃa la nueva de la herida de Neale, pero su corazón se negaba a admitir su gravedad. Dios no podÃa probar su fe con una catástrofe definitiva.
—Sandy, ¿has visto a Neale?