El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Vaya! ¡Por Dios! ¡No podrÃa evitarlo como no cerrase los ojos! ¡Grande como un cerro y con la camisa más en carnada que el banderÃn de peligro de Casey! Fui a darle el derringer que Durade disparó contra él. ¡Mal rayo me parta! Me miró de arriba abajo… y no me vio —replicó el irlandés.
—¿Quiere usted verle, Lee? —preguntó Lodge. Reinó silencio.
—No —fue la frÃa respuesta—. No es necesario. Me libró de… una herida quizás. Estoy agradecido. Le recompensaré.
—¿Cómo? —preguntó vivamente Lodge.
—Dinero, naturalmente. Neale era un jugador. Probablemente tendrÃa algún resentimiento con ese… Durade.
No creo preciso entrevistarme con él. Estoy un tanto… cansado y quisiera, a ser posible, evitarme mayor excitación.
—Escúcheme, Lee —dijo con violencia Lodge—. Neale es un excelente muchacho…, el mejor y más audaz de mis ingenieros. Predije grandes cosas para él y… todas se han visto realizadas.
—No me interesa.