El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Pues… aun asÃ, lo oirá. Salvó la vida a esa muchacha que ha resultado ser su hija. La cuidó…, enamorándose de ella… pensaba casarse… Después… la perdió… y se volvió medio loco…, comprometiendo seriamente su porvenir.
—No lo entiendo yo asÃ. Fueron la bebida y el juego… y…
—No.
—Perdóneme, General. Si, como usted apunta, hubiese habido una inteligencia entre mi infortunada hija y él… ¿se habrÃa asociado con tahúres y malas mujeres?
—No. La naturaleza de su furia y el castigo que infligió a ese español demuestran la clase de hombre que es.
—Resuelto, sin duda, pero no por una noción de lealtad. Estos campamentos son criaderos de pendencias. Se lo he oÃdo decir a usted mismo.
—Otras cosas me oirá decir frecuentemente —replicó el otro con mal reprimida cólera—. Pero… estamos perdiendo el tiempo. No insisto en que vea usted a Neale. Al fin y al cabo es cuenta suya, aunque entiendo que lo me nos que podrÃa hacer serÃa darle las gracias. Lo que sà le aconsejo es que no le ofrezca dinero e insisto en que permita usted que vea a la muchacha.
—No.
—Pero… McDermott…, ve a buscar a Neale.