El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Allie Lee oÃa con verdadera consternación el diálogo. Un irresistible imán la atraÃa hacia aquellos cortinajes que tenÃa asidos con ambas manos, dispuesta, aunque incapaz, para apartarlos y entrar en el aposento. Le parecÃa que allà habÃa un amigo de Neale a quien profesarÃa eterno afecto y un enemigo al que no podrÃa por menos de odiar. En cuanto a ver a Neale… en seguida…, tan sólo la muerte podrÃa evitarlo.
—General Lodge…, no tengo simpatÃa alguna por Neale —declaró frÃamente Allison Lee.
No obtuvo respuesta. Alguien tosió. Se oyeron pasos en el corredor y apagado ruido de voces.
—Olvida usted —prosiguió Lee— lo ocurrido hace pocas horas, cuando ese temerario Casey salvó su tren…, el cuaderno hallado entre sus manos…, la carta para Neale de una de las mujeres más notorias de Benton… Su maquinista leyó lo bastante…, usted lo oyó…, yo también. Una carta de una moribunda acusándole de haberla golpeado… ¿Recuerda usted, General?
—SÃ, por desgracia… No lo niego, Lee…, pero…
—No hay pero posible.