El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —… quédese aquÃ…, y usted, Dillon…, que no salga nadie de esta estancia; Lee…, si quiere puede retirarse. Pero vamos a ver a Neale y Allie Lee también.
Allie aparto los cortinajes, quedándose en el umbral. No la vio nadie. Cuantos habÃa en la habitación miraban hacia la puerta. Entro un irlandés seguido de una talluda figura. El alma de Allie se apaciguo súbitamente. Vio a Neale.
Poco a poco, él dio unos cuantos pasos. Entró otro individuo y Allie le reconoció por su atavÃo de piel de ante. Neale se volvió de cara a la luz y ella tuvo que retener un grito que subió a sus labios.
¿Era aquél su espléndido y joven prometido? Le reconocÃa sin conocerle. Estaba destocado. Las penetrantes pupilas de Allie vieron su cabello entreverado de gris en las sienes, los ojos que parecÃan mirar desde el borde de un averno, el rostro blanco como la muerte y espasmódico aún por la pasión sufrida.