El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Naturalmente.
—Ahora, eso es imposible.
—Lo comprendo…, no espere…, no pensé…
Muchas veces habÃa creÃdo Allie Lee en su vida que se le partÃa el corazón, pero entonces supo lo que era en realidad. ¿Por qué no se volvÃa hacia ella para verla aguar dándole…, impasible, inmóvil…, anhelosa de desmentir aquellas glaciales palabras?
—Entonces, Neale…, si no quiere usted aceptar recompensa alguna, demos por terminada esta penosa entrevista.
—Lo siento. Sólo deseaba decirle…, pedirle…, poder ver a Allie… un momento —replicó Neale.
—No. SerÃa complicar las cosas. No quiero correr riesgo alguno que pueda diferir mi marcha con ella en el primer tren.
—¿Se la lleva… al Este? —preguntó como hablando consigo mismo.
—Ciertamente.
—Entonces… no la veré —murmuró Neale, aturdido. A la sazón intervino el general Lodge.
—Sea usted generoso, Lee —dijo con emoción—. Permita que vea a la muchacha.
—He dicho que no —replicó Lee.
—En nombre de todos los santos, ¿por qué?
—¿Por qué? Ya creo haberlo dicho.