El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Pero…, Lee…, esa implicación puede no ser cierta…
—No hemos leÃdo toda la carta —protestó el General.
—Pregúnteselo a él mismo. Lodge se acercó a Neale.
—Muchacho…, dÃgame la verdad…, esa mujer…, la Stanton…, ¿le amaba a usted?… ¿Es cierto que… que usted le pegase, que usted…?
Neale le miró frente a frente con trágico ensombrecimiento del semblante.
—Para mi eterno sonrojo…, es cierto —dijo con clara voz.
Allie no pudo más.
—¡Oh Neale! —gritó adelantándose.
Él pareció erguirse y saltar a la vez. Y ella se precipitó en sus brazos. Al ver cómo su presencia, el sonido de su voz le transformaba…, ni hombres…, ni calamidades…, ni misterios…, ni deshonor, ni barreras habrÃan podido retenerla. Por un momento, delicioso y terrible y fugaz, se estrechó contra él desmayada, con el corazón estallándote de gozo. Después se apartó oprimiéndose el dolorido pecho con las manos.
—¡He oÃdo! —gritó—. Y… no sé nada de Beauty Stanton ni de su carta…, pero tú no la mataste…, fue Larry…, yo le vi porque estaba con él…
—¡Allie! —murmuró Neale.