El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Pero… de boca en boca empezó a correr el rumor de que las brigadas del Este y del Oeste se habían cruzado en la llanura, continuando la nivelación y el firme cien kilómetros más de lo necesario. Se habían encontrado prosiguiendo paralelas, doblando así el coste de construcción.

La noticia reavivó en Neale los melancólicos recuerdos del aspecto venal de la gran obra. Y pensó muchas cosas. El espíritu de la empresa era grande, su labor heroica, más de la mano de tan nobles atributos iban los espectros de la codicia, del ansia de oro, de la concupiscencia y de la muerte.

No obstante su amor por el trabajo, otros instintos humanos se entrometían en el superlativo aislamiento de sí mismo. En cierta ocasión, súbitamente, fue a tomar un tren que se dirigía al Este. Cuando llego al vagón, le detuvo algo —una idea—: ¿adónde iba? El tren que buscaba era el del Oeste. Se echo a reír acerbamente. Perdía la memoria. Pero… la involuntaria acción cambio sus ideas. No fueron precisos largos momentos de reflexión para concluir que su intento de tomar el tren del Este estaba influido por un instintivo propósito de ver a Allie Lee. Y le dejo atónito.

—Pero… ¡si ha desaparecido de mi vida! —Soliloquió—, y… me alegro…, me alegraba.


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