El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La rapidez del cambio de tiempo le ilumino. Siguió trabajando, pero su trabajo, sin perder su esplendor, no fue ya el mismo. Seguía viendo la grandeza de cuanto le rodeaba y lo que quería representar la batalla de brazos y músculos y cerebros contra las barreras naturales del desierto. Vio lo que antaño había soñado, y en ello tal vez estribaba el secreto de su anhelo de ponerse a la altura de aquellos trabajadores para conocer la verdad.
Habría podido hallar la salvación en su recientemente adquirida idea de la relación del trabajo y del hombre si en su mente no hubiese habido un blanco. Compren día y veía cuanto a su alrededor se alzaba de estrenuo, progresivo y magnífico, y de pronto, el blanco de su mente se dejaba sentir, desesperanzándole.
En aquellos trances quedaba como arrobado, absorto, con los ojos en el espacio hasta que su pareja le llamaba a la realidad del abandonado trabajo. Los intervalos de abstracción fueron menudeando hasta sorprenderle en el acto mismo de enarbolar el martillo.