El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Pero… es natural —murmuraba perplejo—. Yo soy el primero que deseo que olvide… que sea feliz…, que funde un hogar… Dios la libre de envejecer sola… no… Ha de encontrar algún hombre digno de su amor…, casarse…
Oyendo sus propias palabras se le encogÃa el corazón. SabÃa que se estaba mintiendo a sà mismo. El dÃa que Allie amase a otro hombre serÃa el fin de Warren Neale. En todo caso… ya estaba acabado… Los celos horribles, extraños, nuevos se aunaron a la ya pesada carga, abrumándole. Tuvo la virilidad de intentar luchar con su egoÃsmo, pero no logro sojuzgarlo y… no tenÃa arma alguna con la que combatir su amor y su soledad y su odio a la vida y… aquel nuevo enemigo… los celos. ¡HabÃa salvado a Allie Lee!, ¿por qué renunciar a ella? Por ella se habÃa teñido las manos de sangre; y en aquel momento volvió a su memoria el horrible instante, cuando, enloquecido por el balazo, se habÃa regodeado en el crujido de los huesos de Durade, en el abyecto horror y miedo patentes en la cara del tahúr, en la escalofriante sensación del cuchillo hundiéndose en las entrañas al obligarle a herirse a sà mismo. Aquella escena final de su vida en los criminosos campamentos de construcción le habÃa asediado siempre, justificaba su acción diciéndose que Durade habrÃa matado a Allison Lee, mas eso no bastaba para disipar la sombra intangible, espectral, que parecÃa seguir perenne mente sus pasos.