El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Y los celos, la más terrible de todas las pasiones, excepto el miedo, sacaron a Neale de su abstracción, de sus ensueños, de su disposición al trabajo. PodÃa persistir a fuerza de valor cuando no de alegrÃa. Pero los celos acabarÃan consumiéndole…, estaba cierto. Eran tan potentes, tan asombrosos, que traÃan a su mente movimientos y palabras que hasta entonces le habÃa sido imposible recordar.
Volvió a vivir el pasado. HabÃa mucho en él que le desconcertaba, pero gradualmente se fue aclarando y especificando en su memoria. No podÃa pensar en el presente, saltándose al pasado. TenÃa que razonar a la in versa.
Cierto dÃa, apoyado en su martillo, su fuero interno, siempre torturado, inquisitivo, murmuró una pregunta «¿Cuáles fueron algunas de sus últimas palabras?».
Y destacándose como de fuego en el fondo negro de su mente apareció la respuesta: «¡Neale…, yo te perdono!».
Recordó su expresión, sus trágicas pupilas…, sus tendidos brazos.