El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La hermana de Allison Lee, mujer de mediana edad y entero carácter, sintió vivamente la presencia de la extraña hija recuperada. Allie no hallo simpatía en ella. Vecinos y amigos de Lee acudieron, en un principio, deseosos de mostrar su amistad y prodigar sus atenciones, pero su historia, o parte de ella salió, Dios sabe cómo, a la luz. Su padre, sensitivo, glacial, acibarado por el ayer, sufrió intolerable sonrojo al hacerse públicas la deserción de su mujer y la notoriedad de su hija. La presencia de Allie le agraviaba, rehuyéndola cuanto le era posible; las pequeñas atenciones, los primeros sentimientos provoca dos por su belleza y su encanto, se desvanecieron. Entre ambos no podía haber amor. Allie intento en vano apegarse a él; su corazón estaba enterrado en el Oeste. Era obediente, respetuosa, pasiva, pero no podía amarle. Y llegó el día en que comprendió que Allison Lee abrigaba la certidumbre de que ella no había salido incólume de su paso por los campamentos auríferos y de construcción. Lo soporto con paciencia, aunque la hirió hondamente. En realidad no le perdió el respeto hasta oír a hombres enfurecidos y vocingleros acusarle, en su propio despacho, al hablar de ciertas contratas, de malversaciones y de fraudes. Posteriormente, él mismo le dijo que se había visto envuelto en dificultades económicas de importancia y que si para determinada fecha no lograba reunir una fuerte suma, quedaría arruinado.