El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XXXV

Para los del U. P., desde los ingenieros al último de los peones, su construcción llegó a ser una ciencia exacta y maravillosa.

Dondequiera que se detuviesen los trenes obreros se alzaba un rumor de colmena. Las brigadas cargaban los rieles en plataformas y los tiros de mulas o caballos las llevaban a galope al frente. Allí, dos hombres se apoderaban de ellos y al instante los transportaban pasándoselos a otra brigada, cuya misión era la de colocarlos y asentarlos. Por lo general, encamábanse cuatro carriles por minuto. Cuando una de las plataformas se vaciaba, la quitaban de la vía para dejar sitio a otra. Y así sucesivamente.

Los que encamaban el carril eran quienes se veían más denostados, porque necesitaban para sus operaciones de ajuste algunos segundos y… faltaba tiempo.

Luego, los remachadores… los semidesnudos, sudorosos titanes…, tres martillazos por roblón para la mayoría, dos para gigantes como Casey o Neale…, diez roblones por carril…, doscientos carriles por kilómetro… ¡Cuántos millones de rítmicos movimientos debieron hacer aquellos nervudos brazos!

Cada día se adentraban más los trenes de construcción hacia el Oeste y cada día aproximábase más la hora en la que se encontrarían con los que del Este venían hacia ellos.


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