El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―No, Reddie. Ni yo ni ninguno de los muchachos. Y me figuro que ni el propio Texas… Ahà viene él, Reddie.
Ella se tornó rÃgida en sus brazos, y pareció contener el aliento. Texas se adelantó hacia ellos, con la cabeza al descubierto en la oscuridad. Sólo se veÃan sus ojos, que brillaban con una luz oscura.
―Reddie Bayne, escuche usted ―comenzó severamente―. Si no fuese usted tan endiabladamente inflamable, no me hubiera humillado de ese modo ante mis jinetes. Yo…
―¿Qué le he humillado a usted? ―le interrumpió ella.
―SÃ, a mÃ… Le juro por lo más sagrado que yo no he pensado ni por un momento que no fuese usted tan honrada y… tan buena como cualquier chica. He querido decir que es usted un diablillo extraño e inflamable, un espÃritu de contradicción y un genio maligno. Pero nada más. ¿Sabe? Siento haberla enfadado tanto, y quiero disculparme.
―Llega usted con seis dÃas de retraso, Texas Jack ―prorrumpió ella en son de reto―. Y… y se puede usted ir al infierno, como quiera que sea.
Y le echó una lenta y extraña ojeada, sin apartar la cabeza del hombro de Brite.