El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Bueno, entonces no iré solo; porque al infierno es adonde está llamado a ir todo este equipo ―repuso él frÃamente, y se alejó a paso largo.
Reddie se alzó para mirar al vaquero por sobre el hombro del jefe. No se daba cuenta de cómo permanecÃa adherida a Brite. Pero él sentÃa sus fuertes manecitas agarradas a su chaleco. Ella se dejó caer entonces a su posición anterior, el seno y la cabeza contra él, casi a punto de desplomarse.
―¡Ya!… Buena la he hecho ―murmuró como para sÃ―. Debà de portarme con… como si no fuera conmigo… Pero me… Le aborrezco, le…
Brite sacó su deducción acerca de cómo Reddie aborrecÃa a Texas Joe. Igualmente vio ahora, con más claridad que antes, cuáles eran los sentimientos que él mismo habÃa llegado a abrigar acerca de ella. Éste era el momento de decirlo.
―Niña, la gente es susceptible de tener los mismos sentimientos en el sendero de Chisholm que cuando se hallan al abrigo de sus casas. Sentimientos tal vez más fuertes, mejores y más profundos. Como quiera que sea, deseo hacerte una pregunta. Yo estoy solo en el mundo. No tengo parientes cercanos. Y me gustarÃa que tú fueras mi hija. ¿Qué dices a esto?
―¡Ah, eso serÃa la realización de mi sueño! ―exclamó ella, embelesada―. No desearÃa más que hacerme merecedora de conseguirlo.