El Conductor de Manadas

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Hallett respondió a esto significativamente. Brite siguió con los ojos penetrantes la envolvente mirada que el jinete echó a Texas Joe. Éste acababa de desprenderse de sus mantas. Tenía una bota puesta y la otra en la mano; no se había abrochado el cinto del revólver. Hallett descabalgó y dejó su montura a campo libre. Su cara se iba ensombreciendo y sus ojos brillaban como carbones opacos.

―Existe más de un vaquero traidor en este equipo ―declaró Hallett―. Y yo te voy a decir algo que te va a secar la garganta. Fue Ben Chandler el que me indujo a ir a la ciudad anoche. Tenía un asunto extraño entre manos. Pero yo no lo sabía entonces. Fui sólo por el gusto de ir. Y me quedé para evitar que Ben traicionara al equipo. Y no pude lograrlo.

―¡Ah, vamos! ―exclamó Texas, poco convencido, pero, conteniéndose aún.

En el entretanto, Brite se había puesto las botas y se levantó entonces con intención de introducir unas cuantas palabras pertinentes en la discusión. Pero no llegó muy allá. Ben Chandler irrumpió entre ellos llevando un pañuelo ensangrentado atado a la cabeza.

―¡Tex, él es… un embustero! ―anunció.

―¿De dónde vienes? ―preguntó Texas, asombrado.


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