El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Que nadie se mueva ―ordenó Hallett, en tono sombrÃo. Evidentemente, creyó que tenÃa la situación en la mano.
―Hallett, voy a ponerte al descubierto aquà mismo ―gritó Chandler con voz estridente―. No consentiré que caiga sobre mà tu jugada indecente.
―Calla la boca, Chandler ―siseó Hallett.
―No callaré. Van a saber todos qué clase de negocios te traes tú con Ross Hite. Voy a…
―¡Aguarda, pues! ―al soltar estas palabras, Hallett echó mano a sus revólveres. Éstos salieron de sus fundas y dejaron ver sus destellos en el aire al punto que estallaba un disparo detrás de Brite. El fuego y el humo chamuscaron su mejilla. La intensa acción de Hallett cesó como paralizada por un rayo. Su sien y ojo izquierdos aparecieron cubiertos de sangre. Se desplomó como si sus pies se hubieran plegado bajo su tronco, el rostro hundido en el polvo, deslizando las manos hacia delante, flojas y sin nervios, para soltar las armas.
―Jefe, yo no puedo permanecer con los brazos cruzados viendo a sus buenos muchachos en peligro ― dijo Smith con una voz frÃa, lenta y vibrante que rompió el tirante silencio.
―¡Santo Dios! ―prorrumpió Ackerman, agitado ―Está listo. Yo le miraba de reojo.