El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Pero, Reddie, hay que dar al diablo lo que es del diablo ―interrumpió Texas en tono cortante―. Ben se dejó llevar. Le tenÃa apego a Hallett. Y su debilidad era la bebida. Y a pesar de todo él no ha…, él no pudo llevarlo a cabo.
―Eso importa poco ―gritó Reddie, la crueldad personificada―. Jamás le perdonarÃa, aunque viviera mil años… ¡Cómo! Este indecente y vil vaquero querÃa que yo le diera un beso…, ¡hace solamente dos noches!
―Bueno, en ese caso, serÃa importante saber si Ben lo consiguió ―dijo Texas lentamente.
―No, puedes tener la seguridad de que no ―replicó Reddie, con el rostro encendido―. Si lo hubiera conseguido, me tirarÃa al rÃo en este instante.
―Reddie, yo he pasado por alto esa falta de Ben ―interrumpió Brite.
¡―Ajá! Bueno, lo único que digo es que eso es demasiada blandura para unos hombres como ustedes ― repuso Reddie con pasión―. Yo no lo pasaré jamás por alto. Y no le volveré a hablar en los dÃas de mi vida, ni haré guardia cerca de él.
―Venid a comer, antes que se enfrÃe ―llamó Moze.