El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Texas Joe observaba el rÃo. TenÃa más de doscientos metros de ancho en aquel punto, y formaba una corriente rápida y fangosa que se precipitaba en remolinos arrastrando troncos y ramas de toda especie. La velocidad del agua era cosa de tener en cuenta: si arrastraba al ganado más abajo de cierto punto, ocurrirÃa casi seguramente un desastre. Porque a dos millas de allÃ, en el lado opuesto, se alzaba de la orilla una pendiente vertical que se extendÃa por todo lo que alcanzaba la vista.
―Jefe, juro que no sé lo que va a pasar ―dijo Texas―. Pero no podemos retroceder ahora. Los muchachos han recibido órdenes, y la manada está ya a la vista.
―Lo intentaremos, para bien o para mal repuso Brite, ceñudo, emocionado por la aventura.
―¡Ea, Reddie! ―gritó Texas agitando la mano―. Vamos.
Reddie respondió con un grito agudo, y giró para arrear la remuda. Los caballos se adelantaron en grupo apretado, impacientes y atemorizados, pero no alocados. Pan Handle ocupaba su puesto en la parte inferior del rÃo, mientras Texas montaba en el lado opuesto. Reddie condujo a sus mesteños a galope cuesta abajo. Algunos se desviaban en una u otra dirección, siendo atajados por Texas y Pan Handle.