El Conductor de Manadas

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Texas Joe no expuso sus temores ni esperanzas, pero fijó con intensidad sus ojos de halcón en aquella movida y maravillosa escena. Brite había contado últimamente un total de 179 mesteños en la remuda. Los valerosos caballitos españoles no tenían miedo al agua. Resoplando y encabritándose, el denso grupo de potros se lanzó a nado, seguido de cerca por la intrépida muchacha, que agitaba su sombrero gritando con todas sus fuerzas. ¡Y cómo brillaban al sol sus cabellos dorados! Una vez que el caballo negro se hubo lanzado a la parte profunda, Brite desechó el temor. El caballo nadaba como un pato. Reddie lo mantuvo contra la corriente al extremo izquierdo de la fila flotante. Árboles y troncos nadaban entre los mesteños, entorpeciendo su avance. De vez en cuando, un caballo tomaba impulso para pasar por encima del estorbo, fallaba, se hundía, resurgía para continuar adelante. Los que entraban en la corriente eran arrastrados río abajo, abandonando rápidamente a los que aún permanecían en el agua mansa. Pero continuaban nadando, y tenían un largo trecho de deriva antes de llegar a la empinada margen que se levantaba más abajo. A poco, la remuda había entrado en la corriente, y entonces el espectáculo le pareció a Brite espléndido y movido. Si su corazón no se hubiera inclinado a esta chica huérfana mucho antes de que ella arrostrara valientemente el peligro de la riada desdeñando la ayuda, lo hubiera hecho ahora. La larga franja negra de cabezas enjutas se desintegraba, se estiraba y se curvaba río abajo, en un bello y turbulento movimiento.


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