El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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Una milla más abajo, donde Brite y sus jinetes vigilaban casi sin respirar, los delanteros pasaron a la parte vadosa del río y la larga sarta se curvó fielmente hacia aquel punto. Uno a uno, de dos en dos, de tres en tres, y luego en grupos, los mesteños fueron dando pie en la arena, surgiendo a la superficie y dejando sus mojadas espaldillas al descubierto, para lanzarse a impulsos y chapuzones hacia la orilla. Pronto se fue ensanchando la línea en forma de cuña, a medida que los potros pasaban la rápida corriente; a los pocos minutos, el último caballo había salido vadeando del río. ¡Y Reddie montaba a horcajadas aquel caballo!

―¡Alabado sea Dios! ―respiró Texas―. Ha sido magnífico.

―En efecto; daba gusto verlos ―convino Pan Handle.

―Bueno, nuestros temores eran infundados ―añadió Brite.

―Jefe, tenemos que detenerla. Es diferente volver en esta dirección. No tiene bastante holgura la corriente ―exclamó Pan Handle ansiosamente.

―Pues, claro, tú tienes razón ―; exclamó Texas, y sacando el revólver hizo dos disparos al aire. Luego agitó su sombrero y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

―¡Atrás, atrás!


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