El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Texas Joe se convirtió en una estatua ecuestre de bronce. Las grandes y turbias olas se rizaban sobre el cuello y la cabeza del negro y se alzaban hasta los hombros de la joven, arrastrándoles río abajo con violencia. Pero cien metros más adelante, el poderoso caballo abandonaba las altas olas y entraba en la menos vigorosa y arremolinada corriente. Brite vio que la chica lo frenaba para dejar pasar un tronco, y luego lo viraba río abajo para evitar una masa de follaje verde. Caballo y jinete sabían lo que hacían. De nuevo dio pecho a la corriente con vigor, y se lanzó a través, pero no podría volver al punto de donde había partido la remuda. Esto preocupaba a Brite. ¡A tan corta distancia de dónde empezaba la escarpada orilla! Pan Handle marchaba ya río abajo para ayudarla a salir. Pero el caballo avanzaba más rápidamente de lo que los espectadores se figuraban. De un golpe, levantó la cabeza, sus paletillas surgieron del agua, y de un vigoroso impulso pasó de la parte profunda a la vadosa. Lo había hecho con espacio de sobra. Reddie salió trotando a la orilla.
Aquí, Texas se descolgó de su caballo, y en el colmo de la rabia o de la exasperación, tiró su sombrero al suelo y comenzó a dar pasos de un lado a otro, renegando como un vaquero borracho.
Brite comprendió que su mayoral se había rendido al alivio de una contenida y agónica ansiedad.