El Conductor de Manadas

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―Bueno, Ann, para ser sincera, Deuce Ackerman, el hombre que te ha salvado la vida, es el mejor de un mal equipo. Pero ese Whittaker, con su voz y sus ojos de carnero… ten cuidado con él. Y el buen mozo… de ése no hay que fiarse nunca.

―Pero parecen haber varios buenos mozos aquí ―repuso Ann con un asomo de picardía demostrativa de que sería peligrosa en circunstancias favorables.

Esta respuesta dio lugar a que los vaqueros se rieran de buena gana por primera vez desde hacía muchas horas. Eran jóvenes y fáciles de mover hacia la alegría. Brite rió con ellos. Mirando a Reddie, advirtió que ésta tenía algo oculto que decir.

―Desde luego, Ann. Nuestros muchachos son todos bien parecidos, y algunos hasta pueden llamarse hermosos. Pero he querido decir el más alto, aquel diablo de anchos hombros, labios delgados, pelo leonado y ojos de ámbar que cojea un poco al andar.

Una explosión de risa saludó esta elaborada descripción de Texas Joe. El aludido no participó de ella. Sonrojándose como una chica, se levantó para quitarse el sombrero y hacer una profunda inclinación.


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