El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Bueno, hasta luego. Que queden algunos de guardia, a fin de que puedan dormir el jefe y la chica.
Reddie agrupó la remuda en el mejor lugar disponible, que era por fortuna, lo suficientemente grande y herboso para contenerla; luego desplegó su lecho, como de costumbre, junto al de Brite.
―¿Está despierto, papá?
―Sí, chiquilla. ¿Te preocupa algo?
―¡Ya lo creo! Pero sólo quería preguntarle si no cree que nos veremos pronto en un zafarrancho.
―Reddie, no veo de qué modo podremos evitarlo ―repuso Brite con tristeza―. Algunos de nuestros potros han volado. Todo nuestro ganado ha desaparecido. ¡Dos jinetes muertos! Y todavía no hemos llegado al río Rojo. Entre el Rojo y el Canadiense es donde los conductores de manadas se hallan en los más graves aprietos.
―¡Oh, era lo único que me faltaba! ―exclamó ella, desalentada, al tiempo que se quitaba las botas.
―¿El qué?
―Que me robaran los «estampidores», que los indios me quitaran el pericráneo o que tuviera que separarme de usted cuando comienzo a ser feliz.
―Vaya, Reddie, no te descorazones. Mantente firme, como un verdadero tejano. ¡Acuérdate de El Álamo!
―Al diantre, Mr. Brite; los tejanos se mantuvieron firmes, ciertamente. Resistieron hasta que no quedó uno vivo.